febrero 2011

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lunes, 24 de noviembre de 2008

25 de Noviembre -
DÍA INTERNACIONAL CONTRA LA VIOLENCIA HACIA LAS MUJERES

http://www.porlosbuenostratos.org/

Parecen ir a más. Forman parte ya de la información cotidiana de telediarios y periódicos. Junto a los habituales disturbios, guerras, crisis, catástrofes naturales, etc. cada vez nos sobresaltan con más frecuencia las noticias sobre casos de violencia de género cual si de una epidemia contagiosa se tratara.
Puede que esa percepción de incremento por mi parte sea debida a que se trata de sucesos que me llaman especialmente la atención; puede que, como muchos afirman, hayan existido desde siempre y ahora salen a relucir por el superávit informativo reinante tanto en los medios tradicionales como en los cibernéticos.
Pero independientemente de que estemos ante una lacra antigua o ante un furor que se propaga imparable, la gravedad de lo que ocurre me sigue pareciendo extrema y sus motivaciones mucho más sutiles que una historia de buenos y malos.
Para intentar entender cómo es posible que se den situaciones de maltrato sostenido (muchos sin denunciar) que a veces acaban con un terrible asesinato (acompañado con frecuencia del suicidio a posteriori del agresor), no podemos obviar algunos aspectos de la sociedad global en que vivimos.
Como he dicho anteriormente, nos hallamos inmersos en la era de la información, pero también de la publicidad engañosa. Se supone que somos libres, que tomamos nuestras propias decisiones y defendemos nuestras propias ideas. Pero no tenemos en cuenta que el ser humano es una criatura moldeable, que se va construyendo día a día y que no goza de plena inmunidad ante los mensajes subliminales que asocian posesiones con felicidad.
Según esta premisa, el grado de felicidad de un individuo resulta directamente proporcional a su poder adquisitivo. Cada nuevo objeto poseído representa una pequeña porción de bienestar asegurado. Como la emoción de lo novedoso queda tarde o temprano adormecida por lo cotidiano, hay que buscar continuamente nuevos estímulos que mantengan en mínimos aceptables nuestro nivel de satisfacción. De ahí se deduce en última instancia que algo externo es el agente de ese bienestar que disfrutamos o de las frustraciones que sufrimos, siguiendo baremos de posesión o no posesión.
Y hemos trasladado este enfoque al mundo de las relaciones amorosas. Muchos esperamos que llegue esa persona tan especial que dará sentido a nuestras vidas, alguien que nos va a “hacer feliz” (los matices del lenguaje ejemplifican creencias culturales profundas). Con el mismo ardor con que nos lanzamos a la adquisición de posesiones materiales, salimos exspectantes a la búsqueda de nuestra “felicidad sentimental”. Queremos dejar la responsabilidad de nuestra dicha en manos más amorosas que las propias. Como decía Doris Lessing “estábamos dispuestos a tirar estos corazones uno a la cara del otro...” o “Toma mi herida, por favor, quítame la lanza del costado”.
Nuestra valía personal ha de ser sustentada desde fuera por el ser amado. Llevada al extremo, esta creencia puede explicar el que muchas mujeres vean como “normal” el ser objeto de maltrato, vejaciones y humillaciones. En el fondo hay un convencimiento de que no valen nada y que de alguna manera merecen lo que les pasa. Se avergüenzan de sí mismas y no se atreven siquiera a denunciar. Otra variante de esa falta de autoestima es la mujer protectora y compasiva que disculpa al matratador afirmando que no es malo, que la quiere mucho, que tiene problemas, que ella va a ayudarle, etc. Así encuentra sentido a su existencia en ese “sacrificio” por amor, con la esperanza de que un día él cambie...
Y del otro lado la perspectiva es, si cabe, menos halagüeña: Hay maltratadores que han convivido con la violencia desde niños y no han aprendido ni hecho el esfuerzo por aprender a actuar de otra forma, perpetuando patrones viciados. Otros no entienden que la frustración que experimentan radica en su propio interior y la pagan con la persona más cercana de su entorno, culpándola de lo mal que se siente y justificando su violencia. Volvemos al tema de la posesión: algunos maltratadores no soportan la idea de verse abandonados por sus víctimas, aparentemente por orgullo machista, pero en el fondo por un miedo terrible a estar solos consigo mismos, hasta el punto de que consideran preferible matar y morir antes que afrontar el abandono de su pareja.
Tras estas consideraciones parece que la posible solución a tal problemática (que a veces deriva en consecuencias cruentas y atroces) pasa por aprender a aceptarnos y querernos a nosotros mismos como individuos, única manera de construir unos cimientos sólidos que no se tambaleen según qué vientos soplen. Sólo así estaremos capacitados para amar a otros de forma libre y no por el hecho de que nos ahoguemos en sufrimiento ante la perspectiva de afrontarnos solos a nosotros mismos.
Me gustaría terminar con las ideas del filósofo José Antonio Marina acerca del amor. A mi entender ha dado una definición simple y práctica de lo que significa querer de verdad a alguien. Afirma que se reconoce ese sentimiento cuando se busca que la otra persona sea feliz, se necesita contribuir personalmente a dicha felicidad y se espera un comportamiento recíproco. Por supuesto no se refirió para nada ni a objetos ni a posesiones.

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